miércoles, 7 de enero de 2015

Taller: Haciéndolo crujir

—Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro —anunció Hooker.

—¿Qué milagro?

El gigantesco hombre se le acercó sin mediar palabra y con un rápido gesto le partió el cuello.

—He sido el único superviviente... —sentenció soltando el cuerpo sin vida para patearlo al agua y ver cómo desaparecía en las profundidades.

Otra isla más pequeña, situada a cientos de metros de allí, albergaba una de las prisiones más crueles y seguras del mundo. Con una sonrisa en los labios observó en la lejanía como un par de helicópteros rastreaban la zona. 

Se encontraba en el muelle, su antiguo escondite estaba muy cerca y se encaminó hasta él. Moviéndose entre las sombras que producía el ocaso llegó al almacén en pocos minutos. Apresuró la marcha y entró por una de las puertas de emergencia. Cruzó con paso firme el almacén y miró a través de la ventana, alertado por el sonido de un motor. 

Un coche había parado justo delante de la entrada, se ocultó y observó como tres hombres, con ropa oscura, bajaban del interior. Al reconocerlos sonrió con malicia, se acercó al cuadro de luces, tiró con fuerza de los cables y retrocedió hasta ocultarse en las sombras.

La puerta se abrió y entraron los tres hombres. El más alto, al ver que no había luz, se acercó a la caja de fusibles mientras Hooker se acercaba a ellos con sigilo. 

—Creo que tengo una linterna en el coche —anunció Robert—. Voy a buscarla.

Cuando éste salió, Hooker, aprovechó para atacar. Se acercó al más bajo y le golpeó por la espalda. Con un manotazo lo envió directo a la pared, golpeándose con fuerza la cabeza y cayendo al suelo. Antes de que Ferdinand pudiera reaccionar lanzó un violento pisotón contra el tobillo de éste haciéndolo crujir.

Movido por el dolor se llevó las manos a la pierna, pero su agresor, más rápido que él, lo agarró por el cuello mientras le tapaba la boca con la mano y lo arrastraba hasta las sombras del almacén. 

Cuando Robert entró y observó el cuerpo de su amigo en el suelo se acercó corriendo. Hooker que continuaba forcejeando con Ferdinand trataba de subir por unas escaleras, y sin pensárselo dos veces le agarró la cabeza y la estampó contra la barandilla. El sonido alertó a Robert quien alumbro dirección a ellos.

—Socorro... —gimió llevándose una mano a la nariz.

—¿¡Ferdinand, eres tú!? 

Hooker le golpeó con tanta fuerza que Ferdinand se desmayó, lo arrastró con brusquedad escaleras arriba haciendo caer unas cadenas a su paso, y lo lanzó en el interior de un despacho. Volvió a las escaleras, las bajó evitando la luz, y se aproximó a Robert, rodeándolo.

—¡Ferdinand! —volvió a gritar. 

Hooker observó como corría hacia las escaleras y trató de perseguirlo. Observó como la luz de la linterna se paraba en la escalera y aceleró el paso. El hombre movido por el miedo las subió entrando en el despacho y cerrando la puerta.

Hooker cogió una barra de hierro de camino a las escaleras y comenzaba a subirlas cuando la puerta se abrió y salió Robert con Ferdinand en los hombros. Se ocultó con rapidez y les siguió sin hacer ruido. Cuando estaban a punto de llegar a una de las salidas de emergencia, un hombre revolver en mano, entró por la puerta y apuntó a Robert parándole el paso. Hooker se acercó y trató de escuchar la conversación entre ellos. 

—¿Ferdinand? —dijo Robert incrédulo mirándole—. Esta inconsciente y estaremos muertos los tres si no salimos de aquí ahora.

Hooker alzó la barra y golpeó con fuerza un bidón. Ambos se voltearon y Robert tras mirar, se giró y caminó hacia la puerta.

—¡Quieto! —ordenó el hombre empapado en sudor sin dejar de apuntarle—. No te muevas.

—¡Tenemos que salir de aquí! —Miró nervioso hacia la oscuridad—. Han atacado a mis compañeros —añadió señalándole la herida de Ferdinand.

—¡Robert! —gritó enfurecido Hooker.

A Robert se le heló la sangre al reconocer la voz y corrió hasta la salida ignorando al hombre que le apuntaba. Éste no apretó el gatillo y le siguió al exterior confuso. Hooker se acercó corriendo a la puerta y la abrió, observando cómo se marchaban los tres en un descapotable rojo a toda velocidad.

(Reglas: El relato debía comenzar con la frase: Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro)

Haciéndolo crujir: ¡Ponle nota!

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