miércoles, 4 de febrero de 2015

Taller: ¡Rápido!

Hooker volvió sobre sus pasos, saltó por encima del cuerpo sin vida de Serge y corrió hasta el coche que había en la entrada del almacén. Se acercó y trató de abrirlo. Tras comprobar que estaba cerrado rompió el cristal de la ventanilla con el codo y metió la mano en el interior. Abrió la puerta y apartó con rabia los cristales rotos que había mientras se agachaba bajo el volante. Tanteaba a ciegas entre los cables cuando una melodía comenzó a sonar. Alzó la vista y observó un teléfono junto a una bolsa en la parte de atrás.

―Sean ―leyó en la pantalla―. Hola ―dijo respondiendo a la llamada.

―¿Serge, eres tú?

―Serge no está. Sean ―contestó Hooker poniendo el manos libres.

―¿Quién eres? ¿Dónde está Serge? ―preguntó desconcertado.

―Nos ha surgido un problema ―explicó mientras le hacía el puente al coche―. Dime dónde estás e iremos en seguida, no puedo explicártelo por aquí.

―Pero…

―¡Rápido! ―intervino Hooker―. ¡Serge! ¡O te espabilas o te dejo aquí! 

―Te mando mi ubicación ahora mismo―dijo tras dudar unos instantes―. ¿Dónde estáis vosotros?

―En el almacén ―Un sonido le indicó que había recibido un mensaje, cogió el teléfono y observó la dirección―. Salimos ahora mismo ―susurró antes de colgar.

***

―¡Hooker! ―gritó Ferdinand al tiempo que se reincorporaba asustado―. ¿Dónde está Hooker? 

Robert y John se sobresaltaron al escucharlo y se voltearon.

―¿Qué hace este aquí? ―preguntó al ver al conductor del vehículo.

―Esperaba que fueras tu quien me lo dijera… 

―Este es el padre de los putos críos ―explicó mirando a Robert―, los que tiene Sean…

―¿Sean? ¿Quién es ese? ―intervino John frenando en seco el descapotable―. ¿Dónde están mis hijos? ―preguntó al tiempo que Ferdinand y Robert se rehacían del frenazo.

―¿Sus hijos? ―dijo boquiabierto Robert llevándose las manos a la cabeza, volviéndose hacia delante. 

―¿Qué ocurre? ¿Dónde están? ―exigió John.

Ferdinand trató de reincorporarse y se acercó a Robert. 

―Dame tú teléfono. Hay que llamar a Sean.

Robert rebuscaba en su chaqueta cuando John desenfundó el arma.

―Ni se te ocurra ―amenazó a Robert.

―Si Hooker nos atrapa ya puedes despedirte de tus niños para siempre… 

―Maldito… ―gruñó John apretando los dientes―. No digas ninguna estupidez.

Ferdinand cogió el teléfono, se llevó un dedo a los labios y guardó silencio.

―No, soy Ferdinand ―saludó―. ¿Dónde estás?

John dejó de apuntar a Robert y encañonó a Ferdinand.

―Hooker ha escapado y ha matado a Serge ―explicó mientras observaba el arma―. ¿Dónde están los niños? ―preguntó.

―¿Qué dice? ¿Dónde están? ―intervino John alzando la voz―. ¿Dónde están?

Ferdinand le hizo un gesto con la mano para que se callara y frunció el ceño.

―No te escuchado bien. ¿Qué has dicho? ―Ferdinand trató de escuchar con más atención―. Iglesia de San Marco. Una hora ―anunció―. De acuerdo.



***

Hooker aparcó delante de la puerta y tocó el claxon, los cristales oscuros le ocultaban y observó a Sean asomarse por la ventana, tuvo que hacerlo sonar un par de veces más hasta que se decidió por bajar. Cuando salió por la puerta, se colocó el sombrero y movido por el frío se subió el cuello de la chaqueta. 

Sean observó el coche unos segundos, se acercó a él al tiempo que la ventanilla bajaba encontrándose con el cañón de un revolver apuntándole.

―¿Hooker? ―exclamó al verlo―. ¿Cómo has escapado de tu sucia jaula?

―Entra y cierra la puerta ―contestó―. Vas a llamar a nuestros queridos amigos y vamos a reunirnos con ellos en la iglesia de San Marco. ¿Entendido? 

Sean hizo una mueca y se acomodó en el asiento, miraba por la ventana cuando el sonido de su teléfono le sobresaltó. Se llevó la mano al bolsillo y lo sacó.

―Dámelo ― le dijo Hooker quitándoselo de las manos―. Es Robert ―sonrió al ver el nombre―, dile lo que te he dicho.

―Hola Robert ―contestó Sean tras descolgar―. Reunido.

Hooker subió las ventanillas y se acercó a su acompañante al tempo que Sean se enteraba del trágico destino e Serge.

―¿Qué niños? ―dijo sorprendido Sean. 

―La iglesia ―susurró Hooker aprovechando el alborotó que escuchó al otro lado de la línea.

Sean se apartó el teléfono del oído y asintió.

―Quedamos en la iglesia de San Marco. En una hora ―Esperó y tras recibir una confirmación, colgó―. ¿Ahora qué?

Hooker le quitó el teléfono de las manos, y arrancó el coche.

―Ahora es cuando te toca morir ―dijo apretando el gatillo.

(Reglas: Debían aparecer las palabras: sombrero, jaula y teléfono)




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