miércoles, 3 de diciembre de 2014

Taller: El muelle

Ferdinand y Serge se subieron al coche que había parado delante de ellos.

—Llevamos veinte minutos esperándote Robert... —gruño el más bajo quitándose las gafas de sol.

—Me encontré tráfico por el camino —explicó a modo de disculpa el conductor—. ¿Ha ido bien? —preguntó a Ferdinand quien se había sentado en la parte de atrás.

—Sí. Tenemos el dinero, lástima no poder ver la cara de estúpido que ha tenido que poner al no encontrarlos —contestó soltando una carcajada. 

—Perfecto. ¿Qué os parece comer algo antes de ir hacia el muelle? —sugirió Robert tras oír la buena noticia.

Sus compañeros se miraron y asintieron. Robert se giró, agarró el volante y apretó el acelerador. Se alejaron de allí, conduciendo hasta la ciudad en busca de un lugar donde comer.

Llegaron al muelle cuando el sol comenzaba a ocultarse, el olor a sal inundaba el lugar y el oleaje audible muy levemente chocaba contra las rocas. Los tres hombres bajaron del coche y se acercaron a la puerta.

Se encontraron con el interior completamente a oscuras, las luces de emergencia estaban encendidas a duras penas.

Ferdinand se adelantó y caminó hasta la caja de fusibles, la abrió y tras observar que habían saltado los magnetos, los volvió a subir. El almacén se iluminó por completo durante un segundo, luego, unos chispazos en la caja de fusibles volvió a dejarlo a oscuras.

—¡Mierda! —se quejó—. Hay algo que lo hace saltar... —concluyó dirigiéndose a sus compañeros que lo observaban desde detrás.

—Creo que tengo una linterna en el coche —anunció Robert—. Voy a buscarla.

Cuando salió por la puerta del almacén observó a un hombre que miraba con curiosidad el interior de su coche.

—¿Necesitas algo? —preguntó Robert con desconfianza cuando se acercó al desconocido.

El hombre le miró sorprendido y frunció el ceño.

—Perdona, he visto tu coche y pensaba que era el de un amigo —se excusó—. Me habré equivocado.

Robert se encogió de hombros y se acercó al maletero. El hombre, con el rostro empapado en sudor, se volteó y subió a un descapotable rojo. Le dedicó una última mirada a Robert y se marchó. Éste, esperó hasta que lo perdió de vista para abrir el maletero y buscar la linterna. 

Extrañado volvió al interior del almacén y se encontró a Serge tirado en el suelo. Se aproximó a él percatándose de que un hilo de sangre le salía de la oreja, cayéndole por el rostro. Robert acercó el oído a la boca de éste pero no escuchó nada.

—Serge, reacciona... —habló al tiempo que notaba como se le aceleraba el pulso.

Un sonido procedente del fondo del almacén le sobresaltó y alumbró con la linterna a toda prisa.

—Socorro... —gimió alguien en la lejanía.

—¿¡Ferdinand, eres tú!? —preguntó alzando la voz.

El sonido de unas cadenas volvió a sorprenderle, notó como se le encogía el estomago. Tras caminar unos pasos, se paró y miró con atención mientras alumbraba el oscuro almacén.

—¡Ferdinand! —volvió a gritar.

Escuchó un gruñido detrás suyo. Corrió asustado hasta las escaleras, sin mirar atrás, comenzaba a subirlas cuando agarrándose en la barandilla notó un líquido espeso y caliente. Se alumbró la mano y vio que era sangre. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, retrocedió y se apoyó de espaldas contra la pared. Escuchó aterrado como algo se acercaba a él en la oscuridad, por lo que corrió escaleras arriba hasta llegar al despacho. Cerró la puerta y alumbró el interior cada vez más asustado, respirando con dificultad.

En el suelo se encontraba Ferdinand con una horrible herida en la pierna. Estaba inconsciente, por lo que trató de levantarlo.

—Ferdinand. Estoy aquí —le dijo mientras lo cargaba en su hombro—. ¿Qué ha pasado?

Al no obtener ninguna respuesta, decidió escapar de allí. Con su compañero a cuestas salió del despacho y se dirigió a la salida de emergencias que había cerca. Miraba con recelo por todos los rincones, temiendo que algo se le abalanzara encima. Cruzó el pasillo, ya veía la puerta cuando ésta se abrió bruscamente.

El hombre que minutos antes se había encontrado fuera, merodeando, acababa de entrar golpeando la puerta con fuerza.

—¿Dónde están los niños? —quiso saber éste apuntándole con un revólver.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Tranquilo! —dijo retrocediendo—. No sé de qué estás hablando, pero tenemos que salir de aquí ahora mismo.

—¡No te muevas! No saldremos de aquí hasta que tu amigo no me diga dónde están —espetó señalando a Ferdinand.

(Reglas: Una historia de miedo)



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