miércoles, 10 de junio de 2015

Resburg City: Odisea en la carretera

El lunes pasado salí contento del trabajo, eran las tres de la tarde y hasta el miércoles al medio día no tenía que volver. Caminé hasta el coche con una sonrisa de oreja a oreja organizando mentalmente mi día y medio de libertad.

Abrí la puerta y un ola de calor emergió del interior. «¡Joder! Cómo calienta el sol...», maldije para mis adentros. Entré en el interior y bajé las ventanillas para que el aire circulara gracias a la ligera brisa que corría. Enchufé la radio y subí el volumen; sonaba una de mis canciones favoritas lo que hizo que me animara todavía más. 
Arranqué el coche y me coloqué las gafas al tiempo que me incorporaba a la carretera y me alejaba de allí. Pese a que el volante continuaba ardiendo, el viento refrescó el interior del coche con rapidez. Cuando salí de la carretera comarcal y llegué a la autovía me maravillé al no ver ningún coche. Normalmente, cuando salgo de trabajar la carretera está llena de ellos que regresan a sus hogares como yo, pero aquella tarde no fue así. 

La siguiente canción que sonó era incluso mejor que la anterior; subí el volumen al máximo mientras cantaba la letra y daba golpecitos con el dedo en el volante. «¿Qué me hago para comer?», pensé en el mismo instante en que el piloto de la gasolina se encendió captando mi atención. Por un segundo me olvidé de la comida y de la canción; y busqué en mi cabeza la gasolinera más cercana para repostar antes de llegar a casa. 

Continué por la autovía cruzando las extensas viñas que la flanqueaban por ambos lados cuando, de repente, el coche dio una sacudida. Miré por el retrovisor y luego al salpicadero. Una luz que nunca había visto se había encendido durante unos instantes antes de que el vehículo diera otra sacudida y el motor se parara.

—¡Pero qué coño...! —exclamé mientras el coche perdía velocidad y comenzaba a detenerse.

Giré el volante a la derecha, acercándome hacia el lateral de la calzada hasta que el vehículo se detuvo. Las luces del salpicadero se habían parado, incluso la radio dejó de sonar. Volví a mirar por el espejo retrovisor pero la carretera seguía desierta. Giré la llave y traté de arrancarlo. Nada.

—¡Joder! —maldije en voz baja al tiempo que tiraba la cabeza hacia atrás y soltaba un bufido.

El sonido de un coche acercándose me sobresaltó, miré por el retrovisor y vi acercarse un descapotable rojo a toda velocidad. Abrí la puerta y traté de salir, pero el cinturón de seguridad me lo impidió. Me lo quité y salí tan rápido como pude, pero el coche ya había pasado de largo sin aminorar la velocidad. 

—¡Cagüen la ...!

Volví a mirar hacia atrás con la esperanza de que pasara otro coche y me senté en el capó. Cuando llevaba un par de minutos noté que el sol comenzaba a picar, por lo que me resguardé en el interior. Traté de arrancarlo otra vez, pero el resultado fue el mismo. Mirando el reloj me percaté de que faltaban dos minutos para las tres y media, salí al exterior soltando un bufido.

Me acerqué al maletero, cogí uno de los triángulos y lo monté. Dando zancadas grandes me alejé del coche para colocarlo en la carretera a la distancia requerida. Fue entonces cuando me fijé en que estaba en medio de la nada, rodeado de viñedos por todos lados. 

De vuelta al coche, observé una pequeña masía al otro lado de la autovía, no muy lejos de donde me encontraba. Me acerqué a la puerta del copiloto, alargué el brazo hasta alcanzar la guantera y cogí los papeles del coche. Antes de marcharme decidí que no podía dejar el coche allí sin más, por lo que busqué un papel y escribí en letras mayúsculas:

¡VUELVO ENSEGUIDA!

Dejaba la nota en enganchada en el limpiaparabrisas cuando me di cuenta de que las ventanillas del coche estaban bajadas, y si el sistema electrónico continuaba sin funcionar, no podría subirlas.

Volví al interior del coche e introduje las llaves en el contacto, cerré los ojos y la giré. Me sobresalté al escuchar la música a todo volumen haciendo que me diera un cabezazo contra el techo. Llevándome las manos a la cabeza visualicé la luz que había visto segundos antes de que el coche se parara e instintivamente apreté el botón para subir las ventanillas. Estas comenzaron a subir instantes antes de que la luz volviera a pararse. Contuve la respiración, pero la electrónica volvió a fallar dejándolas a medio subir. Resoplé indignado, salí del coche y tras cerrar la puerta dando un portazo, me giré y observé la masía.

El sol calentaba y el sudor me corría por la frente, cayendo espalda abajo. Llevaba un cuarto de hora caminando y la masía parecía alejarse cada vez más. Paré y traté de buscar un lugar con sombra donde poder descansar, pero me fue imposible, así que opté por agacharme y remangarme los pantalones. La brisa corriendo entre mis, ahora, refrescadas piernas, me dio energías para continuar mi viaje. Y cinco minutos más tarde llegué a la masía, allí me vi obligado a saltar una verja que separaba el terreno de la carretera. 

Me topé con un gran pino que producía una extensa sombra. Mientras descansaba apoyado en el tronco me pareció escuchar el sonido de agua. Cerca mío se encontraba una manguera por la cual brotaba un fino chorro, despertando en mi interior una sed hasta entonces desconocida, me acerqué hasta él y bebí.

No fue hasta que había saciado mi sed cuando advertí que estaba arrodillado sobre un enorme charco de barro. Mientras me levantaba y trataba de limpiarme, los ladridos de un perro me sobresaltaron; tras alzar la vista y observar a un enorme can corriendo hacia mí, tropecé cayendo de culo sobre el charco. El perro detuvo su carrera a escasos metros de mí. 

—Estás atado, ¿eh? Perrito... —balbuceé tratando de coger aire y observando la cadena con la que estaba atado.

Me levanté tan rápido como pude y me acerqué a la masía sin quitarle la vista de encima al animal, incluso al llegar a la puerta de la casa, los ladridos se continuaban escuchando en la lejanía. Llamé un par de veces pero nadie contestó, por lo que decidí seguir el camino que conducía hasta la masía con la esperanza de encontrarme con alguien.

Miré el reloj tras caminar un buen rato, y eran casi las cuatro y media cuando distinguí unas casas al final del camino. Estaba llegando a la ciudad, la marcha se me hizo en parte más cómoda debido a que los árboles que había a ambos lados del camino proporcionaban una sombra refrescante, pero por otro lado, el barro que llevaba encima apestaba y atraía a las moscas.

Cuando por fin llegué a la ciudad no tardé mucho en cruzarme con una mujer que paseaba junto a un perro. Este nada más verme, o quizás, olerme, comenzó a ladrar con ferocidad. La mujer al ver que me acercaba retrocedió y se colocó tras el animal.

—Hola, buenas tardes —saludé acercándome un poco más a ella.

—No te acerques —exclamó asustada—. O le digo que te ataque —sentenció mirando al enorme perro y soltando un poco la correa.

Ante aquella amenaza retrocedí y me alejé de ellos. Sorprendido por su reacción continué caminando, esta vez, en busca de una cabina telefónica, con tal de evitar otro enfrentamiento así. Pasé por delante de un escaparate repleto de espejos que me hicieron entender la extraña reacción de aquella mujer. Mi aspecto, sumado al olor, era horrible; la camiseta que había dejado de ser blanca y el pantalón negro estaban cubiertos de barro por todos lados. Si a todo eso le añadimos mi espesa barba que ya de por si da un aspecto bastante de dejadez, era normal que la gente tratara de evitar el contacto conmigo. 

Finalmente encontré una cabina no muy lejos de allí, abrí la carpeta con los papeles del coche y busqué la tarjeta con el número de la grúa.

—Hola —comencé—. Si mire, me he quedado tirado en medio de la R-11. Si... En Resburg. No, ahora no estoy ahí. Estoy en la calle... —Me volteé y trate de ubicarme—. Estoy en la calle Mayor.

La mujer que minutos antes había visto, pasó por detrás mío. El perro volvió a ladrarme y cerré la puerta de la cabina pese al asfixiante calor.

—Sí, sí. Sigo aquí, perdone. ¿Un número? —Miré a la cabina y le facilité el número de teléfono de esta—. ¿Tres cuartos de hora aproximadamente? 

Colgué el teléfono frunciendo el ceño y me senté en el banco que había junto a la cabina. Eran casi las cinco, y el sol comenzaba a ocultarse tras los altos edificios. Me entretuve revisando los papeles del coche mientras llegaba la grúa, tirando aquellos que creía ya no servirían de nada. Sumido en mi tarea, me sobresalté cuando la cabina comenzó a sonar, me levanté corriendo y cogí el teléfono.

—¿Sí? —contesté—. Sí, soy yo. De acuerdo. Estoy junto a una cabina telefónica. Vale, gracias.

Al poco llegó la grúa, al verla me acerqué a la carretera y le hice señas, esta paró frente a mí.

—¿Eres Jack? —quiso saber al verme con aquellas pintas.

—Sí. Siento presentarme así, he tenido un problema viniendo hasta aquí.

—¿Dónde está el coche?

—En la autovía —dije señalando a la lejanía.

—Sube —habló con semblante serio—. Y vigila con no mancharme el asiento.

De camino al coche me preguntó que había pasado antes de que el vehículo se parara, tratando de averiguar si conocía el motivo del fallo, pero la información que le di fue más bien escasa e inútil. El trayecto de vuelta se me hizo mucho más corto pese a que eran las seis cuando llegamos.

—Aquel de allí —señalé pese a ser obvio.

Cuando pasamos de largo me pareció ver algo inusual en la puerta del coche.

—¡No me jodas! ¡No me jodas! —exclamé.

—¿Qué pasa?

—¡Me han petado el cristal. ¿No lo ves? —dije saliendo de la grúa y acercándome al coche—. ¡Me han jodido la radio! ¡Su puta madre!

El gruista hizo una mueca, se encogió de hombros y comenzó a hacer su trabajo. En cinco minutos el coche estaba cargado en la grúa y nos dirigimos al taller. Cuando llegamos allí, firmé los papeles del parte de la grúa y me dirigí al interior de las oficinas.

—¿Un número de teléfono para llamarle cuando tengamos su coche listo? 

—Mmm... —balbuceé mientras trataba de recordar el número del fijo—. Ocho, siete, siete. Cero, cinco, dos. Cero, quince.

—¿Y un móvil? —preguntó el recepcionista.

Al negar con la cabeza el hombre me miró de arriba abajo con cara de incredulidad y escribió algo en el ordenador. Le entregué las llaves y me despedí. Caminé hacia el exterior del taller dirección a mi casa. El sol se había ocultado y una brisa fría me invadió. Aceleré el paso y noté un vacio en el estómago, fue entonces cuando me acordé que aún no había comido. El estómago rugió y sonreí. «Menuda odisea en la carretera...»

Odisea en la carretera: ¡Ponle nota!

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