miércoles, 16 de septiembre de 2015

Relatos: Asesinato con arma blanca

—Buenos días. ¿Antonio Moreno Sanjuan? —habló nada más entrar.

—Sí, soy yo —contesté con el rostro consternado.

Observé a la mujer, su presencia me provocó un escalofrio que no supe interpretar. Vestía una americana gris a juego con sus zapatos de tacón alto y una falda hasta las rodillas. Se acercó a la mesa y dejó el maletín, sentada frente a mí comenzó a sacar papeles del interior sin apenas dirigirme la mirada.

—Soy Sara Revilla García —Me miró a los ojos—, la abogada que le ha sido asignada.

—¿Usted? —espeté frunciendo el ceño.

—¿Algún problema?

—No parece abogada. ¿Qué edad tiene?

—Creo que será mejor que sea yo quien haga las preguntas, ¿le parece? —subrayó con un tono de voz que ni invitaba a la réplica.

—Sí, por favor. Acabemos con esto cuanto antes… —propuse acercando la silla a la mesa y cruzándome de brazos.

—A ver que tenemos aquí… —comenzó diciendo al tiempo que ojeaba sus documentos—. Asesinato con arma blanca. ¿Es inocente de estos cargos?

—¡Por supuesto! —exploté airado—. ¿Y usted tiene que defenderme?

—Es una pregunta de rigor que le hago a todos mis clientes —habló con voz serena—. Tengo que saber para quien trabajo…

—¡Yo no tuve nada que ver! —intervine sin dejarle terminar—. ¿Cómo va a defenderme usted si lo primero que me pregunta es si yo maté a aquella chiquilla?

—Cálmese, cálmese —pidió alzando las manos—. Llevo más de cinco años ejerciendo como abogada de oficio a gente como usted. ¿Cómo reaccionaría si tuviera que defender a una persona que está acusada de homicidio con ensañamiento? —Hizo una pausa—. Póngase en mi situación por un momento, yo estoy tratando de ponerme en la suya para poder ayudarle.

—Lo siento —Bajé la vista y me miré las manos, temblaban incontrolablemente—. Llevo una semana encerrado y soy inocente —balbuceé a duras penas—. Apenas conocía a esa niña. Sé que iba mucho al club de tenis pero ya está… nunca tuve nada que ver con ella.

—Vayamos por partes, Antonio. ¿Dónde estaba la mañana del siete de julio?

—Estaba en mi antiguo negocio, visitando al actual dueño.

—Aquí pone que está jubilado desde hace dos años —anunció tras volver a leer uno de los documentos—. ¿A qué se dedicaba?

—Dirigía el bar de las piscinas del pueblo.

—¿El mismo bar dónde se encontraba el siete de julio?

—El mismo —contesté poniéndome erguido—, ahora lo regenta una mujer que llegó al pueblo hará tres o cuatro años…

—¿Qué tipo de relación tiene con esa mujer? —quiso saber mientras anotaba algo en uno de los documentos—. María Salmean Hernández, ¿verdad?

—Sí. María —confirmé mirando hacia la ventana—. Cuando sufrí el ataque al corazón y me vi obligado a prejubilarme, fue ella quien se hizo cargo del bar. Mantengo una relación cordial con ella, nada más.

—Según su testimonio; estuvo a primera hora de la mañana desayunando y bebiendo, pero poco antes del mediodía se marchó. ¿Dónde se dirigió?

No recordaba bien aquella mañana, había estado jugando al dominó con mis amigos, y junto con Juan habíamos estado bebiendo vino, una copa tras otra.

—Había bebido bastante y recuerdo haber salido para tomar un poco el aire —contesté vagamente.

—¿Entonces estaba ebrio cuándo salió del bar? —exclamó ella con una mirada penetrante.

—Probablemente, sí —titubeé—. ¡Pero ya le he dicho que soy inocente! Me encontré el cuerpo cubierto de sangre de aquella pobre desgraciada cuando me marché de allí…

—No se altere —espetó haciendo una mueca—, estamos haciendo una aproximación a los hechos. Según la declaración que le hizo a la policía, esto es lo que pasó. El problema está en que hay un testigo que afirma haberlo visto junto con la víctima minutos antes de su muerte.

—¿Cómo? —exclamé—. ¡Imposible! Salí del bar, estuve fuera tomando el aire unos minutos y cuando me marche me encontré el cuerpo junto a la depuradora.

—¿Cómo explica sus huellas entorno al cuello de la víctima y en el arma?

Aquella acusación me trastocó. «¿Huellas en el cuello?». Miré a mi abogada y comencé a notar un nudo en el estómago.

—Yo… —mascullé—, no lo sé… Juro que yo no la maté.

—Las evidencias son claras, Antonio —comenzó diciendo—, todo apunta a que usted acabó con la vida de Ángela.

—No…

—Quizás no es capaz de recordarlo —intervino—, me ha dicho que había bebido, ¿no es cierto?

—Había bebido, pero… Es imposible. Yo adoraba a esa niñita —mentí.



Asesinato con arma blanca: ¡Ponle nota!

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