miércoles, 23 de marzo de 2016

Relatos: Desobedeciendo las recomendaciones

El doctor salió de la habitación y se aproximó a Richard.

—Señor Backings, mi más grata enhorabuena. Su esposa está embarazada —anunció para sorpresa de todos—. Las náuseas, los vómitos y mareos no son más que una consecuencia del estado en que se encuentra.

—¿Está seguro? —habló mirándole a los ojos—. ¿Puedo pasar a verla?

—Me temo que es mejor que la deje reposar un par de horas. La enfermera se encargara de todo cuanto necesite. A la noche podrá hablar con ella con tranquilidad.

Richard se llevó la mano al mentón y asintió.

—Muchas gracias doctor —dijo tendiéndole la mano—. Joselyn, le acompañará a la salida.

La sirvienta dio un paso al frente y con un gesto indicó el camino al anciano doctor. Richard esperó hasta que el sonido de los pasos se alejó lo suficiente y se acercó a la puerta de la habitación donde se encontraba Maggie.

En el interior no se escuchaba nada salvo un tenue tarareo. Desobedeciendo las recomendaciones del doctor abrió la puerta. La enfermera al verlo dejó de cantar y se levantó de la poltrona que había junto a la cama.

—Buenos días, señor.

Richard sonrió y cerró la puerta. Se aproximó a su esposa y la observó.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, ahora duerme. Ha pasado mala noche —explicó—. Me he tomado la libertad de cantarle una canción para que conciliara el sueño.

—Muchas gracias —contestó Richard—. ¿Puedo quedarme con ella?

—Por supuesto, señor, si necesita algo estaré al otro lado de la puerta —asintió y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.

Richard se sentó a la poltrona y observó cómo Maggie respiraba plácidamente. Le apartó un mechón de pelo de la cara y le cogió la mano con suavidad. Su piel era lisa y fina, y al tacto estaba caliente, al contrario que la suya. Por temor a despertarla le soltó la mano y se acomodó en la poltrona. Observó el periódico que había sobre la cómoda, alargó el brazo y comenzó a leerlo.

—Querido —susurró Maggie cuando despertó al cabo del rato—. ¿Qué ha dicho el doctor?

Richard dejó el periódico, se acercó a su esposa sentándose junto a ella en la cama y le cogió las manos.

—Estás embarazada —anunció pletórico.

—¿Embarazada? ¿Vamos a tener un bebé? —Al verlo asentir se levantó de la cama y se lanzó a sus brazos—. ¡Querido, qué alegría más grande!

De repente Maggie se puso sería.

—¿Qué ocurre?

—¿Crees que podré viajar a Nueva York en el estado en que estoy? —preguntó ella.

—Claro que sí. Estás en el inicio del embarazo —contestó—, además, el viaje durará unos cinco días, no más.

Maggie sonrió ante las palabras de su esposo y se volvió a recostar en la cama.

—Descansa. El doctor ha dicho que tienes que dormir.

Richard la arropó y se dirigió a la puerta. La enfermera esperaba paciente en la habitación contigua y se acercó a él nada más verlo salir.

—¿Puede hacerse cargo de ella? —habló mirando al interior—. Tengo asuntos que tratar antes de la hora de comer.

La mujer asintió y se dirigió al interior. Richard hizo llamar a Jocelyn y le preguntó por las maletas.

—¿Querrán ropa de abrigo los señores?

—Sí —contestó—. Si necesitas ayuda con el equipaje, pídele ayuda a Dave. 

—¿El señor se marcha?

—Tengo una reunión en una hora. Si Maggie pregunta por mí, dile que volveré antes del anochecer. —Jocelyn se disponía a marcharse cuando Richard la volvió a llamar—. ¿Podrás recordar al servicio que mañana a primera hora partiremos hacia el puerto?

La sirvienta asintió con la cabeza y se marchó. 

***

Richard llegó a casa tan temprano como acabó la reunión. Jocelyn le cogió su abrigo y su sombrero y le dio la bienvenida.

—¿Todo listo para mañana?

—Sí, señor. A primera hora de la mañana tendrá el coche en la puerta con todo el equipaje dentro.

—Tú vendrás con nosotros —espetó—. Durante el viaje y la estancia en Nueva York serás la asistenta personal de Maggie.

La sirvienta abrió los ojos y le miró boquiabierta.

—¿No estás contenta?

—Sí, sí, por supuesto —exclamó desconcertada—. Es una gran noticia.

—¿La cena está lista? —Jocelyn asintió—. Perfecto. Puedes retirarte, esta noche no necesitaremos de tus servicios. Además, tendrás que preparar tu maleta —concluyó con una sonrisa.

***

Maggie se cubrió con las sábanas, se abrazó a su esposo y le besó.

—Mañana dará comienzo nuestra nueva vida —le susurró al oído—. Estoy un poco nerviosa.

—No tienes nada de qué preocuparte. —Richard le acarició la mejilla—. Hoy he comido con los inversores americanos y el contrato está firmado. Tú y nuestro bebé —prosiguió colocando la mano en la barriga de Maggie—, tendréis todas las comodidades del mundo. Pero ahora descansa, mañana será un día muy largo —concluyó besándola en la frente.

Cuando despertaron al día siguiente el ajetreo en las habitaciones contiguas les recordó que tenían que levantarse y comer algo antes de marcharse. Richard llamó a Jocelyn y le pidió que ayudara a vestirse a Maggie.

Una hora después, tras un opulento desayuno, salieron de casa y subieron al coche. Llegaron al puerto de Southampton un par de horas antes de que zarpara el barco. El muelle estaba abarrotado de personas, apiladas en filas, delante de las diferentes rampas de acceso. El coche de los Backings se abrió entre la multitud y estacionó frente la rampa de primera clase.

Jocelyn ayudó a bajar a Maggie y esta contemplo asombrada la majestuosidad del buque que tenía ante sus ojos. Richard se acercó por detrás y le colocó las manos sobre los hombros.

—Querida, maravíllate con el Insumergible. Bienvenida al Titanic.


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