lunes, 27 de enero de 2014

La torre del alquimista I (1ª parte)

Ya estamos de vuelta otra vez, y no porque no haya estado escribiendo ni nada por el estilo, porque de escribir no he parado, estamos de vuelta con una nueva entrada. El culpable de que no haya publicado nada en estos días es el relato que os voy a poner a continuación. Llego un par de semanas trabajando en él, estaba medio listo, pero no acaba de tener clara la forma en que os lo quería presentar. Al final me he decidido por una que espero que os sea más cómoda para vosotros. El relato en sí es parte de una serie de capítulos que estoy escribiendo, pero como son textos bastante largos creo que es conveniente dividirlos para que no se os robe mucho tiempo. 

"La explosión en plena noche iluminó la torre y los arboles más cercanos, los pájaros que allí dormían alzaron el vuelo desorientados buscando un refugio seguro, tras verse sorprendidos por el estruendo. El estallido había surgido del interior y los bloques de piedra se precipitaron torre abajo, el laboratorio había quedado a merced de la intemperie y la torre ardía como una vela sobre el acantilado, destruyéndose lentamente. Algunos maderos quemados comenzaban a desplomarse envueltos en llamas, cayendo sobre el tejado del establo, incendiándolo y destrozándolo. El estrépito y el relinchar de los animales se escuchó desde el cercano pueblo que había no muy lejos de allí, más allá del frondoso bosque. Las llamas se enroscaban hasta el cielo donde la fuerte lluvia parecía que las contenía y el aire que soplaba violentamente desde el mar las hacía danzar sobre la oscura torre.



Por el ascendente camino se acercaba un reducido grupo de personas provenientes del pueblo, la lluvia había embarrado parte del camino y les dificultó la marcha.  Pese a ello no tardaron en llegar al lugar, lo primero que intentaron fue controlar las llamas, evitando así que llegará al bosque y se expandiera descontroladamente, a su vez otros fueron a poner a salvo a las bestias que seguían dentro del establo que ardía ya semiderruido. Tras asegurar la zona y ver como la cúspide ardía cada vez menos gracias al constante aguacero que caía sobre ella, el grupo se reunió en la base de la torre. — ¿El alquimista, lo habéis visto? — preguntó el que vestía el típico jubón de la guardia, bajo una gruesa capa de color gris oscuro desgastada por los años. Su cara era ruda, sus facciones delataban su avanzada edad. Con una mirada entrecerrada, para evitar que la lluvia le entrara en los ojos, escudriñó al grupo de hombres que le seguía, formado tanto por otros guardias como por campesinos. Ante su negativa se volteó y miró a lo alto de la torre. — ¡Jahzúr!—gritó esperando obtener respuesta. Alzó una de sus manos para hacer de visera mientras observaba, tras unos segundos hizo una mueca y miró al horizonte amenazador. Se quitó el agua de la cara y se volvió hacia los hombres — ¡Hob, Niggle! ¡Entrar en la torre y buscarlo! —ordenó con un gesto a dos soldados de aspecto severo también ataviados con el uniforme de la guardia. —El resto aseguraros de que no hay nadie herido por los alrededores. —concluyó. Todos asintieron al unísono y se pusieron en marcha.

Empapados por la lluvia los guardias llegaron a la entrada de la torre. Niggle lucía en su brazo izquierdo un pañuelo rojo, atado sobre el codo, que hacía juego con las franjas rojas que había en las extremidades del jubón de la guardia. Era de complexión delgada, pero con los músculos bien definidos, delatando su constitución atlética. Sus botas, también grises a conjunto, estaban desgastadas y cubiertas de barro hasta la altura de los tobillos. Hob vestía igual que él, salvo que él no llevaba pañuelo alguno. Su mirada era penetrante, sus ojos negros lo escudriñaban todo igual que un gato en la oscuridad, a diferencia de Niggle no iba afeitado, su densa cabellera negra ondulaba con el frío y húmedo aire. Era corpulento y alto, su espesa barba le daba un aspecto aún más feroz, como el de un pequeño oso de montaña. Los relámpagos volaban entre las nubes del cielo nocturno iluminando la entrada. Hob desenvainó una pequeña daga de hierro, con incrustaciones de plata dorada, muy bien trabajada, e hizo un gesto indicando a su compañero para que hiciera lo mismo. —No sabemos que podemos encontrarnos allí dentro—dijo con tono serio mientras daba una ojeada al oscuro interior desde el umbral de la puerta. —Quién sabe qué experimentos estaba realizando el alquimista antes de la explosión—concluyó mirándole a los ojos. Niggle obedeció, su daga era un poco más pequeña y vieja, de hierro pero sin ninguna decoración apreciable, de menor manufactura. Cuando ambos estuvieron preparados se adentraron en la alta torre.

Al traspasar la puerta dejaron el frío del exterior para recibir al calor sofocante que provenía de las plantas superiores. Tantearon en la oscuridad hasta encontrar algo con lo que iluminar su ascenso. Hob encontró un farolillo metálico cerca de la entrada, no tenía vela en su interior pero encontró una cerca de allí. —Niggle, ¿no tendrás cerillas? —preguntó cogiendo la vela con la mano e introduciéndola en el farolillo. —Sabes que sí. —contestó a la vez que se llevaba la mano a los bolsillos. — No salgo de casa sin mi bolsa de tabaco ni la pipa. —concluyó mientras sacaba de su bolsillo una pequeña caja de madera y se la lanzaba a su compañero. Hob esbozó una leve sonrisa y agarró la caja al vuelo. Los guantes seguían empapados y le dificultaron la tarea por lo que se vio obligado a quitárselos para no mojar la cerilla, aún así, necesitó de un par de intentos para encenderla, aproximó el fósforo al farolillo y la vela de este prendió, iluminado la sala."

Sé que el corte podría estar mejor, son cosas que tendré que ir mejorando en un futuro muy próximo. Espero que hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndola. La idea es colgar el resto del relato en un par de días, para no dejarlo enfriar mucho. También quiero dar las gracias a Irene por ilustrarme el relato con su gran trabajo.

¡Gracias por leerme!