martes, 28 de enero de 2014

Taller: Teatro Nacional

Estamos a día 28 y he recibido los comentarios de mis compañeros de "Literautas" por lo que ya soy libre para colgar mi relato. Colocaré tras el texto la pauta que tenía que seguir. Decir que el relato ha gustado y espero que a vosotros también os guste.

"Apuró el paso al escuchar las doce campanadas y mientras se aproximaba al reloj recordó como había empezado todo. Había decidido seguir adelante con su maléfico plan. Tras la última campanada el Teatro Nacional sería reducido a cenizas. ¿Por qué ese emblemático edificio? La respuesta era sencilla, allí es donde estarían todos los dirigentes y magnates del país celebrando la entrada al nuevo año. 

Había sufrido año tras año las imposiciones del gobierno, mientras que las arcas del Estado como la de sus dirigentes se iban llenando a costa del sudor y lágrimas de la población que más ayudas necesitaba. Un año atrás, había sido desahuciado, su mujer había muerto por una enfermedad que necesitaba de unos medicamentos muy caros, y sin casa ni trabajo, les fue imposible costeárselos.
Los servicios sociales se habían llevado a su hija pequeña, y por mucho que luchó por volver a conseguir la custodia siempre le fue denegada. Una noche mientras dormía sobre unos cartones en el parque de la ciudad, pensó que su vida no valía nada, que nada tenía sentido y que lo mejor sería desaparecer, morir.

Pero mientras se armaba de valor para quitarse la vida, comprendió que ahora era él quien pasaba por esas penurias, pero otro ocuparía su lugar si no hacía algo para terminar con esa lacra de la sociedad. Ahí fue cuando decidió acabar con los que manejaban los hilos en el país. Tardó cinco meses en confeccionar el plan, estudió cada uno de los detalles infinitas veces, hasta el punto en que seguía trabajando en su plan incluso en sueños. 

Faltaban aún un par de semanas para que terminara el año, pero el ya había sido capaz de colocar sus explosivos en los pilares maestros de la estructura del teatro, la cuenta atrás llegaría a cero en el nuevo año, justo cuando todos los que hubiera en su interior celebraran y brindaran por un año más de robos e injusticias. Esas semanas previas le pasaron muy lentamente, no veía el día en que sus “fuegos artificiales” entraran en acción. Pasaba los días deambulando cual vagabundo por las calles, por los parques, pidiendo limosna para poder llevarse algo a la boca.

Meses después de que su mundo se derrumbara seguía hundido en ese pozo de amargura. Estaba convencido que cuando el mundo de esas personas se derrumbara él se sentiría realizado y podría morir en paz. Esa era su idea, morir en paz. ¿Cómo iba a morir en paz sabiendo que miles y miles de personas habrían muerto por su culpa? Esa idea comenzó a crecer en su interior. ¿Cómo podría vivir y morir con esa carga emocional? Tenía que evitarlo, pero como, en tan solo tres días todo volaría por los aires.

Pensó en dirigirse a las autoridades y contarles su plan. Explicárselo todo. Pero seguramente no le tomarían en serio. Una inocentada de un vagabundo que querría ganarse unas monedas. Pero no podía esperarse, había que desactivar esos explosivos cuanto antes. Se dirigió a la comisaría y les explicó todo, sus motivos, el plan, la posición de los explosivos, dónde se encontraba el detonador y cómo desactivarlo. La policía al principio no tomó muy en serio sus palabras, como había supuesto, pero a medida que su confesión se iba alargando comenzaron a darse cuenta de que no estaba bromeando.

El detonador se desactivaría únicamente con una de sus huellas dactilares, por lo que tuvo que ser escoltado hasta el Teatro Nacional. De camino uno de los policías llamó al teatro para que comenzaran a efectuar una evacuación del edificio ya que se realizaban unas jornadas escolares y el edifico estaba plagado de niños. Cuando llegaron comenzaban a salir los primeros por las diferentes puertas de emergencia. Tres policías y él entraron rápidamente al edificio, corrieron hasta la sala principal y vieron el reloj. 

Después de escuchar las campanadas y recordar cómo había llegado hasta allí, comenzó a quitar la tapa lentamente, cualquier movimiento brusco podría ser letal. Cogió el detonador y acercó el pulgar a la pantalla táctil. Descubrió con terror que no la había desconectado, al contrario la había activado y en unos segundos todo el edificio y él saltarían por los aires. Una cuenta atrás comenzó en la pantalla. 

Diez, nueve, ocho. Perplejo tragó saliva y cogió aire. No había de que preocuparse. Solo tenía que pulsarlo otra vez para que parara. Siete, seis. Pero se quedó inmóvil, observando. Cinco, cuatro, tres. Aproximó lentamente el dedo a la pantalla. Dos, uno."


Este mes la única regla que había que seguir era que el texto comenzara por "Apuró/apuré el paso al escuchar las doce campanadas". Así de simple y llano. ¡Gracias por leerme!