miércoles, 1 de abril de 2015

Taller: Iglesia de San Marco

Hooker se limpió la sangre del rostro y encendió el coche. El disparo había alarmado a unos viandantes que señalaban el vehículo mientras llamaban por teléfono y le hacían fotos. 

Se marchó de allí dirección a la iglesia cuando se cruzó con un coche patrulla que circulaba en dirección contraria con las luces y la sirena activadas. En ese momento, recordó el "juguete" que Robert solía tener escondido. Alargó el brazo para abrir la guantera y tanteó en su interior hasta dar con una pequeña radio.
La enchufó y comenzó a captar una señal entrecortada.

—¡A tod... las ...nidades! —hablaba una voz—. Nos han ...mado que se ... escuch.. dispa... en la ...alle Hemin... pro... ...entes del inter... de un ...ord negro. Repi.., For... ...egro.

Hooker golpeó el aparató y trató de sintonizar correctamente la señal. Pero al ver que era incapaz, arrancó la radio lanzándola con rabia por la ventanilla. 

La noche estaba cayendo cuando llegó y aparcó en la entrada de la iglesia de San Marco. Observó su reloj y se dijo a si mismo que todavía tenía tiempo, por lo que salió del vehículo y se dirigió al pórtico. 

La puerta estaba cerrada, así que se vio obligado a rodear el edificio para entrar por la puerta de atrás. Una vez allí, se percató de que había luz en el interior de la pequeña casa anexa a la iglesia y golpeó con fuerza la puerta.

—¿Quién anda ahí? —Le pareció oír tras la puerta—. ¿Qué son esos golpes?

Hooker permaneció en silencio al escuchar el sonido del pasador. Aprovechó que el anciano abrió con desconfianza la puerta para patearla con fuerza y derribarlo.

—Espero que haya sido un buen cristiano, padre —exclamó antes de dispararle a quemarropa y cerrar la puerta.

***

—¿Los niños estarán en la iglesia? —quiso saber John.

—Los niños estaban en el sótano de casa de Sean si no me equivoco —Recordó Ferdinand—. ¿Para qué iba a llevarlos allí?

—¿Por qué sino? Nos ha dicho de venir aquí cuando le has preguntado por ellos, ¿no? —concluyó mirando a Robert.

Ambos se encogieron de hombros y no dijeron nada, así que John, apretando el acelerador a fondo, condujo por unas calles que poco a poco comenzaban a encender sus farolas.

—¡Para! ¡Para! —exclamó Robert al llegar a la iglesia—. ¡Ese coche de ahí es el mío! No puede ser... —Sacó el teléfono y tras marcar un número se lo llevó a la oreja—. No contesta...

—Tengo un mal presentimiento —agregó Ferdinand.

—¿Qué está pasando? —quiso saber John.

—Ese Ford es mío —explicó señalando el coche—. Lo dejé en el almacén cuando huimos contigo de Hooker....

—¡Mis hijos! —exclamó John saltando del descapotable y corriendo hasta la puerta.

El enorme portón estaba abierto, del interior salía un fuerte olor a cirios y la única luz que había, emanaba de ellos. Sacó el revólver y tras dar una ojeada dentro, se adentró con cautela.

Robert y Ferdinand en vez de seguirle se acercaron al Ford para inspeccionarlo descubriendo el cuerpo sin vida de Sean.

—¡Mierda! ¡Se lo ha cargado! —gritó Ferdinand.

—Hay que avisar a John. Hooker no se lo pensará dos veces antes de matarlo a él también —dijo Robert mientras corría al interior de la iglesia—. Tú espera aquí.

Ferdinand observó de nuevo el interior del coche. Trató de abrir la puerta pero un repentino golpe en la cabeza que lo estampó contra la ventanilla lo evitó. 

—Hola, Ferdinand —saludó Hooker.

—Ho... Hooker —tartamudeó llevándose la mano a la frente—. Todo fue un malentendido, hubo un problema durante el atraco...

—¿Un malentendido? —gruño al tiempo que le pisaba la pierna herida—. ¿Así es cómo pides clemencia? —dijo antes de escupirle en el rostro.

Hooker se agachó agarrándolo del cuello y lo levantó poniéndole de pie. Ferdinand notó el frio acero del revólver en la barbilla.

—Muere —sentenció Hooker con una sonrisa al tiempo que apretaba el gatillo.

(Reglas: Debía de aparecer una radio)



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