miércoles, 15 de julio de 2015

Relatos: ¿Dónde está mi cartera?

Metí la mano en el bolsillo y noté un pañuelo de papel arrugado junto con un par de monedas, las saqué y las conté, apenas me llegaba para un café. Alcé la vista frunciendo el ceño y observé la plaza. Estaba desierta. Justo en el centro un enorme poste que marcaba la temperatura indicaba cuarenta grados. «Cuarenta, y en la sombra...», maldije aireándome la barriga con la camiseta. 

Hacía un par de horas que no comía nada y el estómago me lo recordó. Caminé alejándome de la plaza adentrándome en el paseo, busqué un banco a la sombra donde sentarme para resguardarme un rato del calor pero a diferencia de la plaza en el paseo había mucha más gente, los bancos más cercanos a mí estaban ocupados por los típicos abuelos que conversaban entre ellos mientras pasaban la tarde.

Me detuve bajo una sombra, observé al gentío y traté de localizar a la persona más descuidada. Inicié la marcha buscando una víctima y vi a un hombre que paseaba con la ayuda de un bastón. «Una presa fácil», pensé al ver su caminar lento y pausado. Me dirigía hacia él cuándo divisé a una joven con el pelo suelto. Su melena roja como el fuego me cautivó nada más verla y sin querer había cambiado mi objetivo. 

Bajo una sugerente camiseta de tirantes sus pechos se movían hipnóticamente al ritmo de sus pasos. La brisa le mecía el pelo por lo que se paró a escasos metros de mí y se hizo una coleta, fue entonces cuando reparé en su rostro, unos labios finos apenas distinguibles con forma de corazón ocultaban unos perfectos dientes blancos como perlas. Me acerqué a ella dando un contrapié para así colocarme en su trayectoria y poder hacerme con el bolso que colgaba, gracias a una fina tira de cuero, de su hombro. «Un simple tirón y el botín será mío.»

Ella se acercó a mí ajena a todo. Sus piernas, al igual que sus pechos, me cautivaron, los tejanos rasgados por las rodillas dejaban ver una piel tersa y suave. Continué caminando, estábamos a menos de un metro cuando me miró a los ojos. Por un momento me sentí desnudo, impotente ante aquella mirada, pero a la vez sentí que la conocía de toda la vida, sus ojos de un común color marrón me enamoraron. Estábamos a escasos centímetros cuando decidí no tirar del bolso, embriagado por esos sentimientos que acaba de sentir. Gracias a que continué mirándola pude atraparla cuando tropezó y cayó directamente en mis brazos.

—¡Huy! Lo siento —exclamó aferrándose a mi pecho.

Contuve la respiración al notar esa fragancia a lavanda que emanaba de todo su ser.

—¿Estás bien? —conseguí preguntar, mirándola al abismo que eran sus ojos.

—Sí, no te preocupes —dijo al tiempo que deslizaba sus manos por mi pecho hasta llegar al abdomen y se reincorporaba—. Estoy bien, gracias. 

Me dedicó una sonrisa y con un rápido movimiento se apartó de mi vista y se marchó. Cuando me giré, observé su movimiento de caderas trastocándome nuevamente. No aparté la mirada hasta que la perdí de vista, y en ese momento sentí como si me faltara algo. Me llevé la mano al pecho, y tanteé el bolsillo de la chaqueta, sorprendiéndome al notarlo vacío. «¿Dónde está mi cartera?»



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