miércoles, 14 de octubre de 2015

Relatos: Museos Vaticanos

Subí rápidamente las escaleras, pasé de largo la escultura que había al final de esta y continué avanzando. Como si de un ladrón se tratase caminé con zancadas largas, mirando a ambos lados y bajando el ritmo cuando me topaba con algún guardia de seguridad. «Un tiempo record», pensé al ver la entrada y comprobar que tan solo me habían bastado cuatro minutos para llegar a la Capilla Sixtina. 

La alegría despareció cuando al entrar a la gran sala me encontré con una persona que paseaba tranquilamente por el interior. Era un hombre de mediana edad, vestía un suéter azul con parches en los codos y unos pantalones oscuros. 

—Hi —exclamó risueño nada más verme. 

—Hello… —saludé con una falsa sonrisa. 

«Un inglés como no…», me maldije por lo bajo. En ese momento me percaté de que había una tercera persona en la sala, era un guardia que se ocultaba tras una columna, bostezaba distraído sin prestarnos mucha atención. 

Cogí el teléfono y me hice un selfie con la Capilla Sixtina de fondo. Miré con recelo al inglés quien continuaba inspeccionado el fresco y al guarda de seguridad que caminaba expectante por la sala y parecía no haberse percatado de mi osadía. Busqué la foto en teléfono y se la envié a mi colega Carmelo. «Estoy de visita por los Vaticanos. Te propongo un juego», escribí en el mensaje. 

El ajetreo de los visitantes comenzó a escucharse, llegándome cada vez más cerca. Volví a mirar el fresco y disfruté ante aquella maravilla pictórica antes de verme rodeado de turistas. Los pasos entrando en la sala me devolvieron a la realidad, una docena de personas entraban a base de empujones por la puerta. Decidí acercarme a la salida y retomar la visita de los museos. 

Una vez fuera comencé a mirar las diferentes obras, tratando de localizar aquellas que más me gustaban. Miré el teléfono, Carmelo no había contestado, y ansioso por jugar al juego, reenvié el mismo mensaje a Agustín quien segundos más tarde me estaba llamando. 

—¡Agustín! ¿Qué tal estás? —dije tras descolgar. 

—Muy bien. ¿Y tú qué? ¿De vacaciones por Roma? —exclamó Agustín al otro lado de la línea—. ¡Tú sí que sabes! ¿Qué dices de un juego? 

—Pues nada, que he pensado que quizás te interesa jugarte una cena conmigo. 

—¿Una cena? 

—Sí. Solo tienes que decirme una obra que esté en los Museos Vaticanos, yo la busco, y si la encuentro me pagas una cena —expliqué acercándome a uno de los ventanales para observar el patio interior—, y si no, pues me tocará pagar a mí. 

—¿Habrá límite de tiempo, supongo? 

—Claro, tengo tiempo hasta las diez y media —acordé tras mirar el reloj. 

—De acuerdo —aceptó Agustín—. Te diría la “Escuela de Atenas” pero sería muy fácil… Así que te voy a mandar a la otra punta… Quiero un selfie con la copia, ojo, con la copia, no el original, del “Laocoonte y sus hijos” que está en la entrada, tras subir las escaleras de ingreso. 

—Creo que ya no está ahí… —indiqué frunciendo el ceño, tratando de hacer memoria. 

—Pues me acabo de ganar una cena —espetó Agustín soltando una carcajada. 

—No corras tanto —intervine—, déjame ir hasta allí y cerciorarme de que no está. Tengo poco menos de una hora para localizarla. ¡Te dejo, chao! 

Colgué el teléfono y comencé a trotar dirección a la entrada. Caminaba en dirección contraria viéndome obligado a esquivar a los turistas que seguían el recorrido del museo cuando una vibración del teléfono me sorprendió mientras atravesaba la Galería de los Mapas. «¡Que cabronazo!», leyó en la contestación de Carmelo, «¿A qué quieres jugar esta vez?» 

—Dime cualquier obra que se encuentre en alguno de estos museos —musité al tiempo que me detenía y escribía en el teléfono—, y si no soy capaz de encontrarla en menos de… —miré el reloj— media hora, te invito a una cena. Pero si lo consigo, pagas tú. 

Al instante recibí un emoticono de una cara sonriendo con los ojos cerrados acompañada de unas manos dando palmas. «Quiero que te hagas una foto con Mentuhotep II; si mal no recuerdo, está cerca la entrada», leí. 

No me quedaba mucho tiempo, y tenía que encontrar las dos obras. Aceleré el pasó y llegué a las escaleras de ingreso pese a la multitud que no paraba de entrar. Me aproximé a la escultura y descubrí que no era la que buscaba. Allí se encontraba lo que parecía ser una copia del Augusto de Prima Porta con motivo del dos mil aniversario de su muerte. Me maldije y sin perder más tiempo me dirigí a la sala egipcia en busca del busto del faraón. 

Tras bajar las escaleras observé que la estancia estaba vacía lo que me ayudó a encontrar con facilidad el busto de Mentuhotep II. Me coloqué a su lado y con un rápido movimiento saqué una instantánea del momento sin ser visto por nadie. 

—¡Hasta luego! —exclamé despidiéndome del busto con una sonrisa. 

Miré el reloj, faltaban siete minutos para y media, y la copia del Laooconte podía estar en cualquier parte, así que decidí ir hasta el patio exterior y hacerme la foto con el original. Volviendo a subir las escaleras hasta la primera planta envié un mensaje a Carmelo con la foto y guardé el teléfono para poder abrirme paso entra los visitantes. 

Hasta que no salí al exterior no recordé que llovía a mares aquella mañana, por lo que tuve que dar un rodeo para evitar acabar empapado. «Dos minutos…» 

Divisé a los lejos la escultura, un grupo de estudiantes escuchaba atentos a su profesor. Intentando pasar desapercibido me mezclé entre ellos y me coloqué a los pies del Laooconte. Saqué el teléfono y con una sonrisa de oreja a oreja y haciendo el símbolo de la victoria apreté el botón. 

—Las serpientes fueron enviadas por Poseidón para castigar su osadía y así evitar que el caballo fuera destruido —explicaba el profesor mirándome con desdén. 

—Lo siento —espeté encogiéndome de hombros. 

Me marché de allí sin decir nada más y envié la foto, el reloj del teléfono marcaba las diez y treinta y uno, y tenía un mensaje: «Felicidades, te has ganado una cena», rezaba la contestación que había recibido de Carmelo. Pocos segundos después recibí una nueva llamada de Agustín. 

—Lo siento, tío… —comenzó diciendo—. Te has pasado del tiempo y la foto es con el original. Te había dicho con la copia. 

—Lo sé, pero donde se suponía que debía de estar, había una escultura de Augusto… 

—¿Por qué te crees que te he pedido la copia y no el original? —dijo para mi sorpresa—. Estuve allí hace dos semanas para la inauguración de la nueva exposición sobre Augusto. Me debes una cena.


Museos Vaticanos: ¡Ponle nota!

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