miércoles, 28 de septiembre de 2016

Relatos: García

García aparcó el coche junto a la puerta de aquel bareto de carretera. Cogió su revólver de la guantera y salió del vehículo dando un portazo. Caminó con decisión mientras ocultaba el arma en la espalda. La gabardina le ondulaba con la cálida brisa de aquella noche de verano y el sonido de unas voces procedentes del interior le hizo torcer la boca con desagrado.

Abrió la puerta y entró disimuladamente tratando de pasar desapercibido. Con una rápida ojeada descubrió que no había mucha gente, tan solo había un grupo de hombres jugando a cartas en una de las mesas más alejadas. Se dirigió a la barra y se sentó al final de esta, haciéndole un gesto al camarero para que se acercara.

—Un whisky con hielo, por favor —pidió cuando el hombre se acercó a él.

—¿Vaso ancho?

García asintió con la cabeza y se volvió hacia la mesa que había junto a la entrada de los servicios, observando a los jugadores con atención. Un denso humo cubría gran parte de la sala y un olor a rancio impregnaba el lugar.

Había un hombre de mediana edad que ocultaba su rostro con un sombrero de ala ancha. Era Juan, el Trepa: el motivo por el cual estaba allí. Sonrió al verlo tan desprotegido, ajeno a lo que le iba a pasar. 

—Aquí tienes —intervino el camarero dejándole el vaso y un bol con patatas.

—Gracias —dijo llevándose la mano al bolsillo—. ¿Cuánto te debo?

—Si te libras de esa escoria —susurró dirigiendo una mirada al grupo de hombres—, invita la casa.

García le miró sorprendido y observó como asentía con la cabeza.

—Sé quién eres y qué has venido a hacer —añadió el camarero sin quitarle la vista de encima.

García guardó silencio unos segundos, cogió el vaso y, pensativo, se la llevó a los labios. El licor cayó por su garganta y notó el ardor bajar con lentitud. Volvió la vista hacia la mesa y se percató de que Juan no estaba sentado en la silla, su lugar lo ocupaba otra persona.

Sin pensárselo dos veces, se levantó del taburete, le estampó el vaso al camarero en la cabeza y sacó su revólver. Aprovechando el caos que acaba de crear saltó detrás de la barra y agarró al hombre por el cuello.

—¿Dónde está el Trepa? —gritó apuntando hacia la mesa. Los hombres se levantaron perplejos y desenfundaron sus armas—. ¡Bajad las armas o disparo! —amenazó García.

—¡Carlos! —exclamó uno de ellos al ver el corte que tenía el camarero.

Disparó sin contemplaciones errando su tiro. El impacto desviado hacia la derecha impactó contra la pared a escasos centímetros de ellos.

—¡Estás loco! —intervino uno sus compañeros—. Baja el arma.

—¿Qué baje el arma? ¿Has visto lo que le ha hecho a Carlos? —habló volviéndose hacia él—. Merece morir…

—¡Callaos! —gritó García—. ¿Dónde está el Trepa? —preguntó de nuevo mientras reculaba por el interior de la barra—. ¿Dónde está?

—Se ha esfumado, imbécil —contestó el hombre que segundos antes había abierto fuego contra él.

—Respuesta equivocada —habló García al tiempo que le disparaba en la cabeza. Imbécil.

El resto de hombres trataron de cubrirse cuando vieron desplomarse a su compañero.

—Serás hijo de p… —Estaba diciendo uno de ellos cuando otro disparo le acertó en el garganta.

García: ¡Ponle nota!

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